Los potentes rayos del sol se colaban entre las rendijas de la persiana e inundaban la pequeña habitación de Marcus de colores anaranjados y amarillentos. No se oía nada, un silencio absoluto reinaba en la casa desde que Sandra, la madre de Marcus, se había ido a trabajar una hora antes dejándolo sólo. No importaba que fuera sábado, que fuera muy temprano o, incluso, que hiciera un frío espantoso; la verdad era que su madre siempre había trabajado mucho, al menos desde la muerte del padre de Marcus, hacía ya casi diez largos años.

 

De repente, desterrando el silencio, el viejo despertador que descansaba en la mesita de noche empezó a sonar con ese molesto pitido que parecía clavarse en el cerebro como cientos de agujas. Eran las nueve de la mañana, hora de levantarse. Marcus arrojó las sábanas a un lado y se sentó al borde de la cama. Para sus doce años era un chico flacucho aunque no demasiado alto, al menos en comparación con sus compañeros de clase. Su pelo, corto y rizado, hacía juego con el marrón de sus ojos; y su nariz, chupada y puntiaguda, parecía apuntar a la gente cuando Marcus los miraba fijamente. Le llamaban "aguilucho". Decían que era porque las águilas eran muy inteligentes y Marcus también lo era, pero la verdad es que lo decían por la similitud entre su nariz y el pico afilado de un pájaro.

 

Marcus extendió la mano, apagó el maldito despertador y se levantó de la cama, en pijama. Arrastró los pies, medio dormido aún, hasta el escritorio que estaba justo bajo la ventana. En uno de los laterales del mueble estaban colgadas un montón de fotografías: la tarde en la bolera con Laura, Eric y Carlos; la cena de Navidad de hacía tres semanas; la fiesta de cumpleaños de Pablo... En todas las fotos aparecía riendo o saltando o haciendo el tonto. Marcus era así, un chico feliz. Era simpático, divertido y algo bromista; un poco despistado, es cierto, y algo desordenado, pero bueno, nadie es perfecto.

 

Sobre el escritorio, entre libros del colegio, libretas, un vaso con agua y el teclado del ordenador, estaba su móvil. Lo desenchufó ya que estaba completamente cargado y vio que tenía un mensaje: "Estoy de camino." — ¡Maldita sea! — pensó Marcus mientras empezaba a sacarse el pijama rápidamente. El mensaje le había llegado hacía más de diez minutos y eso significaba que enseguida llamarían a la puerta. Y así fue. Apenas hubieron pasado unos minutos, el timbre sonó con fuerza. Marcus, que ya se había vestido y estaba pasándose por la cabeza un jersey gris para combatir el frío del invierno, bajó corriendo las escaleras, se plantó ante la puerta, la abrió y…