Capítulo 1

 

Los potentes rayos del sol se colaban entre las rendijas de la persiana e inundaban la pequeña habitación de Marcus de colores anaranjados y amarillentos. No se oía nada, un silencio absoluto reinaba en la casa desde que Sandra, la madre de Marcus, se había ido a trabajar una hora antes dejándolo sólo. No importaba que fuera sábado, que fuera muy temprano o, incluso, que hiciera un frío espantoso; la verdad era que su madre siempre había trabajado mucho, al menos desde la muerte del padre de Marcus, hacía ya casi diez largos años.

 

De repente, desterrando el silencio, el viejo despertador, que descansaba en la mesita de noche, empezó a sonar con ese molesto pitido que parecía clavarse en el cerebro como cientos de agujas. Eran las nueve de la mañana, hora de levantarse. Marcus arrojó las sábanas a un lado y se sentó al borde de la cama. Para sus doce años era un chico flacucho aunque no demasiado alto, al menos en comparación con sus compañeros de clase. Su pelo, corto y rizado, hacía juego con el marrón de sus ojos; y su nariz, chupada y puntiaguda, parecía apuntar a la gente cuando Marcus los miraba fijamente. Le llamaban "aguilucho". Decían que era porque las águilas eran muy inteligentes y Marcus también lo era, pero la verdad es que lo decían por la similitud entre su nariz y el pico afilado de un pájaro.

 

Marcus extendió la mano, apagó el maldito despertador y se levantó de la cama, en pijama. Arrastró los pies, medio dormido aún, hasta el escritorio que estaba justo bajo la ventana. En uno de los laterales del mueble estaban colgadas un montón de fotografías: la tarde en la bolera con Laura, Eric y Carlos; la cena de Navidad de hacía tres semanas; la fiesta de cumpleaños de Pablo... En todas las fotos aparecía riendo o saltando o haciendo el tonto. Marcus era así, un chico feliz. Era simpático, divertido y algo bromista; un poco despistado, es cierto, y algo desordenado, pero bueno, nadie es perfecto.

 

Sobre el escritorio, entre libros del colegio, libretas, un vaso con agua y el teclado del ordenador, estaba su móvil. Lo desenchufó ya que estaba completamente cargado y vio que tenía un mensaje: "Estoy de camino." - ¡Maldita sea! - pensó Marcus mientras empezaba a sacarse el pijama rápidamente. El mensaje le había llegado hacía más de diez minutos y eso significaba que enseguida picarían a la puerta.Y así fue. Apenas hubieron pasado unos minutos, el timbre sonó con fuerza. Marcus, que ya se había vestido y estaba pasándose por la cabeza un jersey gris para combatir el frio del invierno, bajó corriendo las escaleras, se plantó ante la puerta, la abrió y...

—¡Hola Andrea!— Pasa, por favor— dijo Marcus.

—Gracias Marcus, ¿qué tal estás?

Por la puerta entró una chica alta y guapa. Tenía un pelo rubio precioso, pero siempre lo llevaba recogido para no llamar la atención. Sus ojos eran verdes, como el verde que los campos echan de menos en invierno, pero como su mirada era huidiza, resultaba difícil percibir su belleza.

 

Curiosamente, todos decían que Andrea era una chica muy tímida e introvertida. Estaba claro que no eran capaces de ver en ella lo mismo que Marcus. Desde hacía unos días, Andrea estaba acomplejada porque su padre volvía a estar interno en un centro de salud mental. Todos en el colegio lo sabían, así que ella deambulaba por los pasillos encogida, tratando de esquivar las miradas críticas de los demás.

 

A pesar de sus malas notas, era una chica muy lista e independiente, pero como era tan cerrada los chicos no se daban cuenta de ello: solo Marcus la consideraba una chica muy simpática y dulce. Andrea adoraba cantar y así era como se desahogaba y expresaba sus sentimientos, pero como podréis imaginar, solo se atrevía a hacerlo delante de Marcus, así que él era el único que podía escuchar su voz angelical.

Andrea y Marcus llegaron al amplio salón. La gran cristalera que daba al jardín permitía que la luz entrara a raudales en la luminosa sala. Una de las paredes, pintada de malva, reflejaba la luz y daba al salón un aire muy moderno. El enorme sofá rojo que ocupaba el centro, encarado a una generosa televisión, descansaba sobre una peluda alfombra redonda de color blanquecino. Justo enfrente, una diminuta mesa rectangular de aspecto macizo, y unos pufs.

 

Tras el sofá, se alzaba una barra americana de mármol blanco que separaba el salón de la cocina. A diferencia del salón, no era especialmente grande pero tenía de todo: horno, lavaplatos, y una espectacular nevera color esmeralda que, en aparente contradicción con su tamaño, acostumbraba a estar vacía. Junto a ella, unos botelleros. En una de las esquinas, enfrente del fregadero, había una frágil mesa de cristal que solo podía albergar a dos comensales. Sobre ella, un achatado jarrón que lucía unas hermosas flores… artificiales. El suelo de todo el salón, parqué oscuro, estaba limpio como una patena ya que la madre de Marcus era muy estricta en ese sentido y siempre quería tener la casa impecable. Las ventanas relucían envolviendo todo el espacio, diáfano y aséptico.

 

Marcus se dirigió directamente a la nevera mientras decía:

 

—¿Quieres algo de beber? Tengo zumos, agua fresca y… —Marcus se asomó al interior del refrigerador hasta, literalmente, zambullir la cabeza dentro— …leche. No me quedan refrescos. Lo siento.

 

—No pasa nada. Ya he desayunado, no te preocupes —contestó Andrea mientras se dejaba caer en el sofá y miraba la mesita que le quedaba enfrente. Una pila de revistas de decoración estaban ordenadamente agrupadas en el centro, justo al lado del mando de la televisión y del home cinema. Aburrida o impaciente, extendió la mano y agarró una de las revistas. “El diseño es un arte”, rezaba el titular, justo encima de una fotografía que mostraba un dormitorio colonial.

 

—¿No te importará que me tome yo un zumo, verdad? –dijo Marcus mientras abría uno de los armarios, cogía un vaso y se lo llenaba de zumo de piña.

 

—No, claro que no –dijo Andrea mientras dejaba, de nuevo, la revista sobre la mesa y miraba el resto del salón. En las paredes colgaban unos cuadros bastante extraños; parecían un amasijo de colores amontonados o, incluso, arrojados sobre el lienzo. Sabía, por su padre, que a eso se le llamaba arte abstracto. Horrorizada por la fealdad del lienzo desvió la mirada hacia abajo hasta topar con una pequeña mesita auxiliar. Sobre ella, una diminuta escultura de un color verdusco. La cosa no mejoraba demasiado.

 

—Pero bueno, Marcus, ¿qué es eso? —dijo señalando la horrenda escultura.

 

—¡Ah!, eso lo trajo mi madre de una subasta hace unos meses—dijo mientras dejaba el vaso de zumo, ya vacío, en el fregadero—. Dice que es… ¿cómo era?... ¿Jade? Es fea, ¿verdad?

 

Andrea no pudo aguantarse la risa. Sí, era fea.

 

—Bueno, ¿qué quieres hacer? —dijo Marcus mientras se dejaba caer al lado de Andrea, en el sofá.

 

Ella se incorporó de un salto y dijo:

 

—Ayer me dijiste que habías encontrado las llaves del desván, que subiríamos a echar un vistazo cuando tu madre no estuviera y… diría que no está.

 

Los ojos verdes de Andrea se clavaron en los de Marcus mientras sonreía dulcemente.

 

—Vamos —dijo Marcus mientras se levantaba y salía corriendo escaleras arriba en dirección al desván. Su madre decía que no valía la pena ir allí arriba, que todo eran trastos viejos… pero hacía menos de una semana Marcus había encontrado la llave de la puerta del desván detrás de un cuadro de las escaleras. Solo le había dado tiempo de echar un vistazo, pero hoy era el día. Andrea le siguió de cerca mientras subían los peldaños de dos en dos.

 

—Muy bien, a ver qué encontramos allí arriba —dijo Marcus mientras sacaba la llave de detrás de un cuadro que representaba a una bailarina en medio de un escenario—.

Abrió la puerta y un escalofrío le recorrió la espalda. Su madre decía que el desván era un lugar de trastos viejos, pero pronto iba a descubrir algo más que un lugar abandonado. En seguida notó que una fina capa de polvo recubría los muebles viejos, corroídos por la carcoma. El dominante color marrón de los muebles reinaba en aquel desván frío, únicamente alumbrado por una pequeña ventana situada en un extremo de la habitación. Aquel ligero olor a humedad contrastaba con el dulce olor del perfume de Andrea.

 

Al observar detenidamente aquel lugar, su mirada se detuvo en seco al ver un escritorio de madera de roble que curiosamente no estaba cubierto por el polvo. Aquella mesa relucía con un brillo increíble por el abundante barniz. Sobre el escritorio se encontraba una caja alargada de color verde apagado. Justo al lado, Marcus vio un viejo tintero junto a una pluma mojada de un color lila oscuro tendida sobre la mesa.

 

De repente, vio que Andrea cogió una fotografía donde salía toda la familia. Marcus se alegró al verse de pequeño. Al eliminar una diminuta mota de polvo se extrañó al ver un rostro desconocido pero ligeramente familiar. Aquel niño se parecía a Marcus, pero tenía un toque de maldad que se reflejaba en lo tenso de su postura. Marcus se fijó en todos los detalles de aquel muchacho y se le heló la sangre al pensar que podrían ser hermanos.

 

Andrea dejó la fotografía y Marcus giró su cabeza hacia el fondo de la estancia; allí fue donde descubrió un baúl con unos signos que parecía reconocer.

— ¡Andrea! —espetó Marcus mientras miraba el símbolo que lucía la parte delantera del arcón— Æ… así firmaba siempre mi padre, —añadió mientras se encaminaba hacia allí— lo sé porque he visto cartas suyas cuando mi madre no estaba en casa.

Andrea no dijo nada. Realmente no sabía qué podía decir así que se limitó a seguirle en silencio.

Marcus se arrodilló frente al arcón y acarició el símbolo. Otra persona se habría precipitado; habría abierto, sin contemplaciones, el baúl deseoso de averiguar qué ocultaba… pero no Marcus, no cuando se trataba de su padre.

Lentamente, apoyó las manos sobre la cubierta del arcón y se quedó quieto. Andrea, consciente de lo difícil que debía ser enfrentarse a una situación como aquella, posó su mano sobre el hombro de Marcus.

— Adelante. —fue lo único que dijo… y fue suficiente. Marcus abrió el baúl.

En su interior descansaba, cubierto por una gruesa capa de polvo, un libro. Su aspecto era viejo; sus tapas, de cuero antiguo. Apenas podía descifrarse el título bajo aquella sábana polvorienta.

Marcus, prisionero de una mezcla entre angustia y nerviosismo, extendió su mano y retiró el polvo de la cubierta. Ahora sí, el título se hizo visible. Unas decoradas letras gravadas en el cuero se mostraban:

El libro del tiempo

—El libro del tiempo…—leyeron, al unísono.

Marcus, movido por la curiosidad, agarró el pesado libro y le dio la vuelta. Mientras lo sostenía entre sus manos, no pudo evitar fijarse en la marca que el volumen había dejado en el fondo del baúl: un rectángulo perfecto de considerable tamaño quedaba perfectamente enmarcado por el espeso polvo acumulado en los márgenes.

Andrea, se llevó la mano derecha a la cabeza y, en un gesto que acostumbraba a repetir cuando estaba inquieta, se retorcía un fino mechón de pelo que solía escapársele de la coleta. Un silencio desasosegante dominaba el ambiente hasta que Marcus lo rompió para leer, susurrando, las palabras que figuraban en la contraportada del libro: “La torre de los espejos es el sendero de vuelta a casa”.

—¿Qué demonios hace esto aquí? —se preguntó Marcus, en voz alta, sin esperar respuesta—. ¿Por qué lo guardará mi madre en este baúl?

Andrea, mientras tanto, observó que entre sus páginas asomaba un pedazo de papel, quizá una página mal doblada, o una marca de lectura.

—¿A ver? ¿Qué es eso? —dijo casi sin poder evitar que su voz se entrecortara por la emoción—. Ábrelo, vamos.

Marcus giró el libro de nuevo y, con cuidado, lo abrió. En su interior, se encontraba un viejo recorte de periódico. Pasaron unos segundos en los que el silencio volvió a apoderarse de la escena. Andrea no puedo contener su impaciencia:

 

—¿Qué te pasa Marcus? Tienes mala cara… ¿Te encuentras bien? —inquirió, nerviosa.

—Es una noticia antigua —la voz de Marcus, normalmente jovial y despreocupada, había adquirido un tono sombrío. Antes de continuar, alzó la vista y sus miradas se cruzaron—. Trata sobre mi padre y…

—Tu padre, ¿y…? —espetó Andrea, presa del misterio.

— ...y mi hermano.

Andrea estuvo a punto de contestarle que él era hijo único, pero entonces comprendió algo terrorífico: Marcus acababa de descubrir que sí había tenido un hermano.

 

En el día de ayer, Arthur Edgard de 38 años, su hijo Raúl Edgard de 2 años y su mejor amigo David Lane de 31, desaparecieron misteriosamente en un ascensor del lujoso Hotel Ritz de París a las diez de la noche.

 

Según cuentan sus mujeres, Sandra Edgard y Ludmila Lane, se instalaron en las habitaciones a las 20:53 mientras sus maridos junto con Raúl fueron a recoger unos objetos personales.

 

La recepcionista del hotel afirma haberlos visto entrar en el ascensor con un maletín de piel marrón y un ordenador portátil exactamente a las 21:18. Se dice que al cerrarse las puertas del ascensor se produjo un apagón no muy habitual en ese hotel.

 

Cuando volvió la luz, Sandra y Ludmila se dirigieron a los ascensores y vieron que una de las puertas estaba abierta. Lo curioso del caso es que los testigos afirmaron que en el ascensor solo había un maletín marrón, un portátil y un curioso libro titulado El libro del tiempo y que, incomprensiblemente, la lucecita del botón número 5 estaba todavía parpadeando.

 

Varios medios han dado por hecho que nadie pudo escapar o salir del hotel sin ser visto y que esta desaparición es irresoluble.

Marcus estaba visiblemente afectado por la noticia que acababa de leer. Andrea, que jugaba, inquieta, con un mechón de su pelo, se moría por preguntarle miles de cosas, pero era evidente que él estaba demasiado concentrado en sus pensamientos como para poder mantener una conversación. ¿Había tenido Marcus un hermano? ¿Cómo es posible que nunca le hubiera hablado de él? Todo indicaba que ni siquiera Marcus lo sabía. ¡Era tan pequeño cuando desapareció su padre! En realidad apenas recordaba nada. “Destellos, algunas imágenes borrosas”, le había dicho alguna vez.

Marcus dejó caer el recorte de periódico que parecía señalar un pasaje importante de El libro del tiempo. Quizá era el lugar en el que se había quedado su padre… Pero no, de ese modo no se explicaría que estuviera entre sus páginas la noticia de su desaparición. Tenía que haber sido su madre. ¿Había leído ella El libro del tiempo? Marcus quería salir de dudas y desvelar todo aquel misterio, así que empezó a leer:

 

—“El cielo amenazaba tormenta. Unos oscuros nubarrones se cernían sobre el castillo y la ciudad que se extendía su abrigo, mientras decenas de guardias, ataviados con sus aparatosas armaduras, recorrían las solitarias calles asegurándose de que todo estaba en orden. El gélido viento hacía ondear los estandartes reales”.

A Andrea, que escuchaba atentamente, le pareció sentir el frío como si fuera real. De repente, la sábana que cubría un mueble del desván se agitó y cayó al suelo, impulsada por una ráfaga de viento. Andrea, sobresaltada, miró hacia la ventana pero estaba cerrada. Marcus no se había dado cuenta de nada y seguía leyendo:

—“Sobre un viejo roble, que presidía la entrada al castillo, descansaban dos cuervos negros como la noche. Repentinamente, un rayo partió el cielo y, tras él, el trueno retumbó provocando que los cuervos alzaran el vuelo.”

Alertada por un movimiento que percibió por el rabillo del ojo, Andrea se agachó justo a tiempo de evitar que un ave chocara contra ella. Sorprendida, siguió con la mirada al misterioso pájaro antes de que este se posara sobre el escritorio: era un cuervo.

—Marcus… Marcus… —murmuró Andrea, pero Marcus seguía absorto en la lectura:

—“Tras los gruesos muros de piedra del castillo, la música empezó a resonar anunciando que el certamen estaba a punto de empezar. Los guardias cerraron las puertas del muro y cruzaron la plaza real en dirección a la sala de ceremonias. Y entonces, empezó a llover.”

Justo sobre la última palabra que había leído, cayó una gota. Pronto, otras la siguieron. Marcus, extrañado, alzó la vista y donde antes había techo, ahora un cielo tenebroso amenazaba tormenta. Notó que la sangre le recorría todo el cuerpo hasta desaparecer misteriosamente en un lugar indeterminado de sus piernas. Sus rodillas temblaban. Todo él estaba temblando. Buscó a Andrea, pero su cara, entre el espanto y el pánico, no le ayudaba a tranquilizarse. Arrastrado por un impulso absurdo, fruto del desconcierto, Marcus quiso seguir leyendo pero el libro que momentos antes sostenía parecía haberse desvanecido junto con el resto del desván. Se encontraban en el centro de una plaza, ante las enormes puertas del castillo. Era tal y como él lo había imaginado mientras leía el pasaje de El libro del tiempo.

—¿Qué diantres hacéis aquí? —retumbó la grave y amenazadora voz de un guardia mientras su mano, enfundada en un guantelete de hierro, agarraba fuertemente el hombro de Marcus.

A veces, en las situaciones más difíciles, cuando parece que todo está perdido, encontramos una solución inesperada (o desesperada). Por algún extraño motivo, más consternado aún por lo sucedido en el desván que atemorizado por aquel saco de hojalata parlante, Marcus creyó que había tenido una buena idea. Sobre el hercúleo hombro de su captor pudo leer (pese a la endemoniada tipografía gótica) que en un cartel se anunciaba una justa literaria. Aquella podía ser su salvación. El guarda, que antes parecía el autómata de un parque temático medieval que un ser humano, se limitó a repetir, aumentando la fuerza con la que aferraba el hombro de Marcus:

—¿Qué diantres hacéis aquí?

─ Emmm… Verá… Venimos a… ─contestó Andrea sin saber qué decir.

─ Venimos a la justa literaria─ aclaró Marcus.  

— De acuerdo… dijo el guardia no muy convencido– Pero, ¿por qué vais vestidos de una manera tan peculiar? En esta ceremonia visten todos muy elegantes.

Es para representar nuestra historia dijo Andrea.

¿Y por qué habláis con un acento tan extraño?

Andrea miró a Marcus desorientada e instintivamente él supuso qué responder.

Venimos de América.

¿América? ¿Qué lugar es ese?

Marcus y Andrea se quedaron en blanco durante unos segundos al darse cuenta de que América aún no había sido descubierta.

Es un pequeño pueblo de Italia –dijo Andrea de repente.

─ ¡Ah, los italianos siempre tan extravagantes!

¡Qué lista, nos has salvado! –susurró Marcus al oído de Andrea.

Decidme vuestros nombres por favor.

Andrea Foster y Marcus Edgar –contestaron al unísono.

¿No serás pariente del famoso Arthur Edgard, verdad?

Marcus se quedó paralizado al oír el nombre de su padre.

¡Es su padre! –Dijo Andrea con ilusión- ¿Es famoso? ¿Está vivo? ¿Está aquí?

Andrea no pudo contener su excitación, mientras Marcus seguía estupefacto.

¡Pues claro que está vivo! ¿Por qué no habéis dicho antes que era tu padre? ─Dijo el guardia dirigiéndose a Marcus.

  Sois bienvenidos, adelante terminó el guardia, ignorando las demás preguntas de Andrea y haciéndose a un lado para dejarles pasar.

  Andrea tiró del brazo de Marcus y, al fin, este reaccionó mientras caminaban por un largo pasillo.

 

Capítulo 2

—¡Marcus! ¡Tu padre está vivo! —vociferaba Andrea mientras ambos se adentraban por el pasillo que les había indicado el guardia.

—No puede ser… —consiguió vocalizar Marcus mientras se dejaba arrastrar por su amiga castillo adentro—. Debe de tratarse de otra persona. Será una casualidad —continuaba Marcus casi hablando más para sí mismo que para Andrea. Necesitaba tiempo para procesar todo lo que estaba sucediendo.

—Entiendo que te resulte difícil de creer… Pero, ¿cuánta gente conoces que se apellide Edgard? —Andrea se quedó callada un instante antes de rematar la frase—. Dejando a un lado tu familia, claro.

Marcus no contestó. Sus pensamientos giraban en torno a un montón de descabelladas ideas sobre libros, reinos, hombres enfundados en armaduras, castillos… y su padre. Cuando estaba a punto de responder, el pasillo se terminó en una gran puerta de madera tras la que se oía música y el jolgorio de una fiesta. Marcus se detuvo. No estaba seguro de saber ni qué debía hacer ni qué significaba todo aquello.

—Vamos —le dijo, suavemente, Andrea— Tu padre puede estar al otro lado.

—O podemos encontrarnos a un completo desconocido y que todo esto sea un enorme malentendido —replicó Marcus sin apartar su mirada de la puerta.

—Sí —concedió Andrea—, pero si no entramos nunca lo sabremos.

Pasaron unos segundos que se hicieron eternos y, finalmente, Marcus se giró hacia Andrea, le dedicó una sonrisa forzada que pretendía mostrar valor y abrió la puerta.

Tras ella se extendía un enorme salón, repleto de vistosas telas, imponentes muebles y alumbrado por centenares de velas. Nobles de alta alcurnia, ataviados con sus mejores ropajes, paseaban degustando los manjares que los sirvientes, presurosos, servían sin descanso. La música resonaba en la gran estancia y magníficas mesas de aspecto robusto estaban ya preparadas para ofrecer el gran banquete. En las paredes pendían laboriosas telas de color escarlata que, bordadas en dorado, lucían el símbolo del rey George III: un águila posada sobre un libro abierto.

Andrea y Marcus se quedaron en el umbral de la puerta, asombrados por la escena que se desarrollaba ante ellos, hasta que un sirviente de alto rango, según se podía deducir por la calidad de su vestimenta, se les acercó.

—Señores, hagan el favor de tomar asiento junto a los demás.

Mientras les daba esta instrucción señaló con la mano una de las esquinas del gran salón. Allí se encontraban los invitados con indumentarias más extravagantes y se respiraba cierta inquietud. Quisieron darle las gracias, pero su improvisado guía ya se dirigía amablemente a otro lugar del salón, sonriente, pendiente del más mínimo detalle.  

Marcus y Andrea, aún estupefactos, se encaminaron hacia la esquina y, al llegar, tomaron asiento al lado de un joven que lucía una llamativa camisa roja y verde, un chaleco dorado y blanco y unos pantalones extraños, de gran amplitud en la cintura y estrechos al final, remetidos en unos botines azules plagados de piedrecitas brillantes. En su rostro, algo contraído por los nervios, imperaba un alargado y estrecho bigote que terminaba, en cada uno de sus extremos, en punta. Sus manos jugaban, como con un tic nervioso, con una pequeña pelota naranja de malabarista.

Cuando estaban a punto de decirle algo, alguien pidió silencio en la sala impactando con una cucharilla en una copa de cristal. Poco a poco, todo el mundo guardó silencio mientras un hombre ubicado en la mesa real, engalanado con vistosos ropajes, se levantaba y observaba a los presentes. No se sentaba en el centro de la mesa, por lo que Marcus pensó que no podía tratarse de ningún rey, príncipe o nada por el estilo; pero estaba cerca.

—Estimados invitados, sean bienvenidos a este certamen literario que nos reúne a todos aquí.

Apenas hubo terminado la frase que los aplausos de los nobles, sirvientes y juglares inundaron la sala.

—Como bien sabéis todos —prosiguió— cada año su majestad escoge, justo antes de iniciarse la competición, el tema con el que deberán competir nuestros juglares. —y, al tiempo que hablaba, señaló hacia una de las esquinas de la sala… justamente hacia donde se encontraban Marcus, Andrea y el resto de sus compañeros. Algunos de ellos, luciendo llamativas prendas de vestir, se alzaron y, esbozando una enorme sonrisa, se inclinaron hacia los invitados a modo de saludo respondiendo a los aplausos (y obviando los abucheos) que les estaban dedicando. Marcus y Andrea, presos de una especie de pánico, apenas se movieron de sus asientos.

—Bien, pues ha llegado el momento. —Poco a poco los aplausos remitieron y los juglares que se habían levantado tomaron de nuevo asiento borrando la sonrisa y mostrando, de nuevo, una expresión de concentración y ansiedad a la espera de saber el tema que iba a decidir su suerte. —Últimamente el rey se siente algo aburrido, falto de inquietudes y desea que esta justa literaria le haga emocionarse. Estuvo dudando entre requerir un poema lírico o una fábula…

Al lado de Marcus, el juglar de las botas azules se removía inquieto en el asiento.

—Fábulas, por favor, que haya escogido las fábulas...— murmuraba mientras sus manos apretaban, en un gesto reflejo, la pelota de malabares que sostenía.

—...y tras mucho razonar —prosiguió el hombre que había tomado la palabra desde la mesa real— se ha decantado por los poemas líricos. Así pues, en esta decimotercera justa literaria en honor a nuestro rey, George III, nuestros juglares competirán creando los más bellos poemas que sus mentes sean capaces de imaginar.

Los invitados aplaudían, sonreían y empezaban a tomar asiento; en la esquina de los juglares, en cambio, imperaba el más absoluto silencio. La justa estaba apunto de empezar.

Andrea tiró de la manga de Marcus para que le prestara atención. Cuando este se giró vio el pánico en los ojos de su amiga y entendió el motivo: Andrea era muy inteligente, pero casi nunca sacaba buenas notas. Es más: en algún momento del curso habían trabajado los poemas y el de Andrea había sido un completo desastre.

—¡Marcus! Yo no puedo hacer esto —espetó Andrea en un murmullo casi gritado.

—Tranquila, nos presentaremos juntos, como un equipo. Tú solo… no sé, déjame pensar.

《¿Cómo era eso de los poemas? La señora Lishan nos lo enseñó hace poco. ABBA, ABAB 》 Los pensamientos de Marcus intentaban rescatar lo que había aprendido de los poemas cuando el elegante hombre de la mesa real volvió a tomar la palabra.

—El ganador de esta justa tendrá el honor de ver su nombre bordado en el blasón literario junto a los vencedores de años anteriores... —mientras hablaba alzó el rostro y señaló un hermoso pedazo de tela granate bordado con hilo dorado.

Un puñado de nombres ocupaban la zona central superior pero quedaba espacio para los vencedores de cinco o seis ediciones más. Fue entonces cuando a Marcus se le heló la sangre y de su mente huyeron versos, rimas y estrofas. Uno de esos nombres se quedó grabado en su retina: Arthur Edgard Flynn. Su padre. El maestro de ceremonias seguía, de fondo.

—...recibirá una recompensa afín a su talento. Sin más dilación y en honor a nuestra majestad el rey —dijo mientras se inclinaba ante un gran hombre, entrado en carnes, que se hallaba sentado en el centro de la gran mesa real—, ¡que empiece la justa!

Los aplausos y los vítores duraron unos segundos; luego se instauró de nuevo el silencio.

El mayordomo que les había atendido al entrar llegó hasta la esquina en la que se encontraban los juglares y se plantó como si hubiera echado raíces en el suelo.

— ¡El juglar Antoine Edes Fidberch!

El hombre que se hallaba a la derecha del juglar de las botas azules se alzó, recorrió los pocos pasos que le separaban de la zona que habían despejado para las recitaciones, inspiró y empezó a recitar:

 

“Vuela esta canción para ti Lucía

la más bella historia de amor

que tuve y tendré.

 

Es una carta de amor

que se lleva el viento pintado en mi voz

a ninguna parte a ningún buzón.

 

No hay nada más bello que lo que nunca he tenido

nada más amado que lo que perdí

perdóname si hoy busco en la arena

esa luna llena que arañaba el mar.

 

Si alguna vez fui un ave de paso

lo olvidé para anidar allá en tus brazos

Si alguna vez fui bello y fui bueno

fue enredado en tu cuello y en tus senos.

 

Si alguna vez fui sabio en amores

lo aprendí de tus labios cantores

si alguna vez amé, si alguna día después

de amar amé, fue por tu amor, Lucía, Lucía...

 

Tus recuerdos son cada día más dulces

el olvido solo se llevó la mitad

y tu sombra aún se acuesta en mi cama

con la oscuridad entre mi almohada y mi soledad.

 

No hay nada más bello que lo que nunca he tenido

nada más amado que lo que perdí

perdóname si hoy busco en la arena

esa luna llena que arañaba el mar.

Si alguna vez amé, si algún día después

de amar amé, fue por tu amor, Lucía, Lucía...”

 

La última palabra pronunciada por el juglar se fundió con el silencio sin que nadie reaccionara; un silencio que pareció hacerse eterno a la espera de saber si su poema había o no gustado al rey. Andrea, al lado de Marcus, estaba boquiabierta observando, con los ojos como platos, al hombre que había recitado. Había sido increíble.

De repente, no sin esfuerzo, el rey empezó a levantarse de su asiento ayudándose de los reposabrazos para sostenerse debido a su sobrepeso. Luego miró al juglar y, lentamente, empezó a aplaudir. Pocos segundos después todos los presentes en la sala se unieron. Una expresión de alivio se dibujó en el rostro del juglar y a Marcus le pareció ver, casi de forma palpable, como la tensión de su cuerpo se desvanecía.

—Maese Edes —en cuanto el rey empezó a hablar se hizo, de nuevo, el silencio—, quisiera conocer a su Lucía si es capaz de arrebatar a un alma tanta belleza.

El juglar se inclinó, haciendo una reverencia.

—Que preparen un saco de oro para este hombre —anunció el rey sin dirigirse a nadie en particular— que le ayude a vivir con la pena que lleva dentro.

—Gracias, majestad —dijo el juglar mientras volvía a tomar asiento. El rey, a su vez, hizo lo mismo justo cuando el mayordomo anunciaba al siguiente participante, el juglar que se sentaba al lado de Marcus: Philip Gibson Niven.

De nuevo, y tal y como había hecho anteriormente maese Edes, Philip se dirigió hacia la zona libre y se detuvo. Estaba muy nervioso; se notaba en el temblor de sus manos y en las gotas de sudor que resbalaban por su frente. Su voz quebrada solo hizo que confirmarlo:

 

“Te quiero más que a mi vida,

sin ti no puedo vivir,

ven aquí conmigo porque

sin ti no puedo vivir.

 

Te quiero más que a mi vida,

mi amor por ti es sincero,

ven no me digas no

porque tú eres lo más importante para mí.

 

Te quiero porque eres preciosa,

tu sonrisa es la mejor,

adoro tus labios de rosa,

tú eres la mejor para mí.”

 

Cuando hubo terminado, el rey hizo un breve gesto hacia los guardias y, momentos después, dos hombres ataviados con armadura irrumpieron en el escenario y agarraron al juglar mientras éste pedía perdón entre sollozos. Se lo llevaron a rastras y se perdieron en la oscuridad de uno de los pasillos laterales del gran salón. Andrea estaba estupefacta… Marcus miró hacia la silla que había ocupado el juglar. Sobre esta descansaba una pelota de malabares y ellos eran los siguientes.

El mayordomo reaccionó rápidamente y, mientras se llevaban a maese Gibson, tomó la palabra para anunciar a… miró a Marcus y Andrea inquisitivamente al darse cuenta de que no sabía ni tenía anotados los nombres de aquellos participantes. Marcus, presuroso, se levantó, se acercó al mayordomo y le susurró sus nombres al oído. Por un momento había pensado presentarse él mismo pero eso no le habría gustado al mayordomo.

— Es, pues, el turno de maese Edgard y maesa Foster.

Andrea, presa de un ataque de nervios, se agarró al brazo de Marcus y éste tuvo casi que sacarla arrastras al escenario. Todo el mundo los miraba mientras el silencio de la sala le otorgaba al momento un poco más de tensión. Marcus, sabiendo que Andrea jamás se lanzaría a hablar, inspiró profundamente y, deseando que el rey se mostrara magnánimo y complacido, empezó a recitar:

 

Querido amigo, tú iluminaste el camino por el que partí

por eso, cuando me necesites, estaré junto a ti.

Ya no recuerdo lo que es el enfado,

porque le has puesto color a lo olvidado.

 

Todo ha cambiado, la última lágrima que por ti ha caído

aún no ha acabado su recorrido.

Por esa mejilla que tan bien sabías sonrojar,

se desliza como una estrella fugaz sin par.

 

Y entonces, Marcus se quedó en blanco. Completamente en blanco. En un instante se había olvidado de rimar, de enlazar palabras, de hilvanar frases. Solo podía observar a toda aquella gente mirándole atentamente, como evaluándole, analizando cada una de las palabras que decía… y ahora, también, cada una de las palabras que callaba. Presa del pánico miró a Andrea. Fue un mensaje de socorro transmitido con la mirada, y fue suficiente. Andrea, sacando fuerzas de flaqueza, arrancó de su garganta una palabra tras otra:

 

Querido amigo, y nada más que amigo,

ahora otra pluma reescribe mi destino.

Otros ojos mi última lágrima han conseguido secar

y otro corazón me sabe y me sabrá amar.

 

 

Cuando finalmente Andrea terminó con el último verso el silencio volvió a instalarse en la sala. Marcus observaba atento al rey que, sin pestañear, pasaba su mirada atenta de uno al otro. En ese instante, Marcus fue consciente de todo lo que sucedía a su alrededor: a su lado, el mayordomo esperaba alguna indicación del rey para saber qué debía realizar; los nobles aguardaban a saber si al rey le había gustado o no para reaccionar acorde con la decisión real y Andrea… a Andrea le temblaban las piernas. Marcus solo esperaba que nadie reparara en ese detalle.

Finalmente el rey alzó sus manos y aplaudió. Instantes después el salón entero le acompañaba en el reconocimiento a Marcus y Andrea mientras ellos, aún con el pecho comprimido por los nervios, observaban atónitos. Había salido bien.

El rey, tal y como había realizado anteriormente con maese Edes, se alzó con ciertas dificultades y clavó su mirada en los jóvenes que habían recitado.

— Maese Edgard, maesa Foster… —su voz era profunda fruto de una envergadura considerable— parece ser que hoy tenemos las almas rotas por el desengaño —algunos nobles hicieron el esfuerzo de reir secundando la opinión del rey—. Preparen una bolsa de oro, algo más escueta, tal vez, para estos dos juglares que han compartido con nosotros su desazón.

Andrea escuchaba aliviada pero Marcus no dejaba de lanzar escurridizas miradas al blasón donde se hallaban bordados los nombres de los anteriores vencedores de la justa. Recordaba muy claramente que el guardia había dicho que su padre era famoso. No debería hablar, no debería hacer nada que no fuera bajar la cabeza y dar las gracias, tal y como había hecho maese Edes, debería… pero cuando quiso darse cuenta Marcus había tomado la palabra y se dirigía directamente al rey:

— Su majestad… —dijo mientras hacía una leve inclinación. Era burda y torpe; nunca la había hecho y el único modelo que tenía era la reverencia que había hecho uno de los juglares y las de las películas— sois muy generoso pero querría pediros un premio distinto —la mirada del rey se enturbió. No estaba acostumbrado a que le pidieran nada—. Soy hijo de Arthur Edgard y estoy buscando a mi padre. Me pregunto si su majestad podría decirme dónde podría encontrarlo.

Mientras hablaba, Marcus escuchó unos presurosos pasos que se acercaban a él. Era el mayordomo que anunciaba a los juglares. Unas gotas de sudor, fruto del nerviosismo, resbalaban por su frente.

— ¡Insensato! —espetó cuando estuvo a su lado. Fue un susurro lanzado con mucha fuerza. Mientras tanto agarró su brazo— ¿Qué insolencia es esa? Calla y…

— Detente —fue la voz del rey la que detuvo la escena. Miraba atento a Marcus, con el rostro ligeramente entornado y el ceño fruncido—. ¿El hijo de Arthur Edgard?

En ese instante, el maestro de ceremonios que se hallaba al lado del rey se acercó al monarca y le susurró algo al odio. Al instante las cejas del rey se alzaron y su rostro mostró una expresión de comprensión.

— ¡Ah! Ahora recuerdo. ¿Y dices que lo estás buscando?

— Así es, su majestad. —contestó Marcus sin apartar su mirada.

El rey le hizo un gesto al maestro de ceremonias y este volvió a acercarse. Hablaron pero sus palabras quedaron entre ellos y, finalmente, el rey pronunció:

— Tal vez pueda ayudaros.

 

 

Horas más tarde, con el certamen literario concluido, Marcus y Andrea fueron citados ante el rey y les fue otorgado un viejo libro, de piel maltratada. Era un diario, uno antiguo. Según uno de los ayudantes del rey tenía más de dos siglos de antigüedad y perteneció al primer hombre que recorrió el mundo. Un hombre conocido como El Viajero. No fue hasta después, tras agradecer el gesto del monarca y retirarse, que Marcus y Andrea pudieron ojearlo. Entre sus páginas, a tinta negra, se hallaban descritos los más extraños lugares de Arcadia, el mundo conocido. Puentes, cumbres y ciudades, bautizadas por el propio viajero, albergaban no menos extraordinarias leyendas y mitos, y todos ellos se interponían entre Marcus y su padre. — Marcus… —musitó Andrea— ¿demonios? ¿maldiciones? ¿dragones? Esto no pueden ser más que invenciones… ¿verdad? Pero Marcus no contestó. Hacía tan solo un día habría asentido sin dudarlo pero tras cambiar un desván por todo un mundo nuevo ya no estaba tan seguro de que esas… cosas no fueran reales. Aún y así agitó su cabeza, como pretendiendo ahuyentar los temores que le invadían, y se dijo a sí mismo que tenía la oportunidad de encontrar a su padre, el mismo hombre que había creído muerto desde que era pequeño. — No serán más que mitos, exageraciones —dijo Marcus mientras se ponía en pie—. Voy a hablar con el mozo de los establos para que mañana, al amanecer, nos tengan preparados unos caballos —jamás habían montado pero en las películas no parecía nunca muy difícil—. Vuelvo enseguida. Picaré a la puerta así que no te duermas. Andrea, sentada en el duro colchón, lo miró y asintió. Estaba nerviosa. Mientras tanto, sus manos no dejaban de acariciar el lomo de piel del diario. Marcus abrió la puerta y salió.


Marcus caminaba por las calles empedradas mientras el sol empezaba a ponerse y lo teñía todo de unos tonos anaranjados. Había memorizado donde se encontraban los establos, cómo ir y cómo volver. Intentaba no aparentar ser un extraño caminando con seguridad y sin pararse a observarlo todo. Giro a la derecha, dos callejuelas recto, giro a la izquierda… De golpe, mientras caminaba, se dio cuenta. Un extraño lo seguía. Le invadió una sensación de pánico. Lo había visto tres calles atrás y no lo perdía de vista. Es más, cada vez estaba más cerca. Tal vez fuera casualidad y, simplemente, fueran en la misma dirección. Aprovechando una calle más concurrida, Marcus se detuvo, simulando que observaba los productos de una tienda callejera. Notaba los latidos de su corazón, cada vez más fuertes, y parecía que el tiempo transcurría más lento. El extraño, ataviado con unos ropajes azulados, se acercó, pasó a su lado… y siguió su camino. Marcus no pudo más que exhalar un suspiro de alivio y, unos instantes después, cuando el hombre se había perdido de vista, reemprendió su marcha. Estaba a dos calles de los establos, giró hacia la derecha en una de las esquinas y, de golpe, algo lo agarró por los hombros y lo encastró contra la pared. El desconocido de las ropas azules, el que le había estado siguiendo. Marcus abrió los ojos de manera desorbitada fruto del miedo y cuando un grito pugnaba por salir de su garganta, el desconocido le tapó la boca con una mano mientras con la otra gesticulaba pidiéndole silencio. — Calla, no llames la atención —susurró el desconocido—. He venido a ayudarte. ¿Ayudarle? Marcus guardó silencio mientras el hombre apartaba su mano y dejaba que pudiera respirar. — Rápido, debemos apresurarnos. Vamos a buscar a tu amiga —dijo el desconocido mientras agarraba el brazo de Marcus y hacía el amago de empezar a caminar. — ¿Pero quién demonios eres? — Marcus, es normal que no me reconozcas pero yo soy amigo de tu padre. — ¿Qué? —fue lo único que Marcus fue capaz de contestar. — Soy David Lane.


Mientras tanto, Andrea pasaba las hojas del diario mientras pensaba en toda aquella locura. Aquella misma mañana estaba en casa de Marcus y ahora… Sus padres estarían preocupados, seguro que la estarían buscando. ¿Y si no podía volver nunca? La humedad de las lágrimas empezó a dejarse sentir en sus ojos pero Andrea hizo un esfuerzo por retenerlas. No era momento de llorar. Pronto llegaría Marcus, debían descansar y por la mañana emprenderían su camino. Picaron a la puerta. Marcus ya había vuelto. Andrea se levantó dejando el diario sobre la cama, recorrió los pocos metros que la separaban de la puerta de dos zancadas y abrió. Apenas tuvo tiempo de ver nada más que un objeto contundente abalanzarse sobre su rostro. Luego, solo oscuridad, el calor de la sangre al recorrer su cara y el frío de la inconsciencia.


Marcus aún no se lo podía creer aunque la lógica estuviera de parte del tal David. Si su padre estaba allí, David también debería. Al fin y al cabo habían desaparecido a la vez, en el mismo sitio y en las mismas circunstancias. Caminaron rápido y en silencio hasta llegar a la posada. Marcus estaba a punto de decir algo cuando vio que la puerta estaba abierta. Aquello no era normal. Arrancó a correr y se adentró en la estancia. Estaba vacía. — ¿Andrea? ¿Andrea? —la llamaba mientras caminaba por la estancia. El diario se encontraba abierto, sobre la cama. — Marcus —dijo David. Cuando Marcus se giró lo vio acuclillado en la entrada. Su mano tocaba una mancha carmesí que había en el suelo—, es sangre.


Poco a poco las brumas de la inconsciencia empezaron a disiparse dejando paso a un profundo y potente dolor de cabeza. No veía nada pues un saco le cubría el rostro. Estaba horizontal y, a juzgar por el movimiento brusco y la posición, alguien la cargaba al hombro. Decidió que lo mejor era guardar silencio y simular que seguía inconsciente. — Trabajo hecho —dijo una voz grave. Podía ser el que la llevaba o podía ser otro. Andrea no tenía forma de saberlo—, habrá que avisar al jefe.7 — ¿Cuándo podremos interrogarla? —cuestionó un segundo hombre de voz rasgada. — Aún tardará unas horas en recobrar el sentido. La dejaré en la sala mientras preparamos el carruaje. El sonido de unas llaves, el ruido de una cerradura al abrirse y el gruñir de una puerta. De golpe notó el descenso y el impacto contra el suelo casi le arrancó un grito pero Andrea, con toda su fuerza de voluntad, consiguió mantener el silencio y la apariencia de inconsciencia. Puerta, cerradura, llaves… estaba sola. Con mucho cuidado se sacó el saco de la cabeza y observó dónde se encontraba, en qué posición exacta. Si quería que sus captores pensaran que no había despertado debería volver a colocarse exactamente como se encontraba ahora. Con mucho cuidado se levantó y observó a su alrededor. No se encontraba en una estancia cualquiera; se hallaba en una sala llena de cosas increíbles. Desde el suelo, con incrustaciones, a las paredes denotaban riquezas. Sin saber bien por qué, su mirada se dirigió hacia un atril que sostenía un inmenso libro. Todo había empezado con un libro muy similar; el causante de todo ello. Éste se hallaba tras unas puertas de cristal. La estancia era enorme. Poco a poco, Andrea se dirigió hacia allí. “El libro de los hechizos”. Andrea no pudo evitar la tentación de seguir adelante y abrir el libro que, ahora sí, cedió rápidamente. De golpe, las páginas empezaron a pasar veloces, espoleadas por algún tipo de fuerza desconocida y Andrea, asustada por la situación y temerosa de que el ruido alertase a sus captores, presionó con fuerza las páginas a fin de detenerlas y una espeluznante sensación de soledad le invadió…