Capítulo 1

 

Los potentes rayos del sol se colaban entre las rendijas de la persiana e inundaban la pequeña habitación de Marcus de colores anaranjados y amarillentos. No se oía nada, un silencio absoluto reinaba en la casa desde que Sandra, la madre de Marcus, se había ido a trabajar una hora antes dejándolo sólo. No importaba que fuera sábado, que fuera muy temprano o, incluso, que hiciera un frío espantoso; la verdad era que su madre siempre había trabajado mucho, al menos desde la muerte del padre de Marcus, hacía ya casi diez largos años.

 

De repente, desterrando el silencio, el viejo despertador que descansaba en la mesita de noche empezó a sonar con ese molesto pitido que parecía clavarse en el cerebro como cientos de agujas. Eran las nueve de la mañana, hora de levantarse. Marcus arrojó las sábanas a un lado y se sentó al borde de la cama. Para sus doce años era un chico flacucho aunque no demasiado alto, al menos en comparación con sus compañeros de clase. Su pelo, corto y rizado, hacía juego con el marrón de sus ojos; y su nariz, chupada y puntiaguda, parecía apuntar a la gente cuando Marcus los miraba fijamente. Le llamaban "aguilucho". Decían que era porque las águilas eran muy inteligentes y Marcus también lo era, pero la verdad es que lo decían por la similitud entre su nariz y el pico afilado de un pájaro.

 

Marcus extendió la mano, apagó el maldito despertador y se levantó de la cama, en pijama. Arrastró los pies, medio dormido aún, hasta el escritorio que estaba justo bajo la ventana. En uno de los laterales del mueble estaban colgadas un montón de fotografías: la tarde en la bolera con Laura, Eric y Carlos; la cena de Navidad de hacía tres semanas; la fiesta de cumpleaños de Pablo... En todas las fotos aparecía riendo o saltando o haciendo el tonto. Marcus era así, un chico feliz. Era simpático, divertido y algo bromista; un poco despistado, es cierto, y algo desordenado, pero bueno, nadie es perfecto.

 

Sobre el escritorio, entre libros del colegio, libretas, un vaso con agua y el teclado del ordenador, estaba su móvil. Lo desenchufó ya que estaba completamente cargado y vio que tenía un mensaje: "Estoy de camino." - ¡Maldita sea! - pensó Marcus mientras empezaba a sacarse el pijama rápidamente. El mensaje le había llegado hacía más de diez minutos y eso significaba que enseguida llamarían a la puerta. Y así fue. Apenas hubieron pasado unos minutos, el timbre sonó con fuerza. Marcus, que ya se había vestido y estaba pasándose por la cabeza un jersey gris para combatir el frío del invierno, rápidamente bajó las escaleras y entró en la cocina, donde reinaba el silencio, y arrastró una silla hasta la entrada de la casa. Se subió tambaleando y miró por la mirilla. En el rellano esperaba calmadamente su abuelo, Antonio, una persona de lo más predispuesta y alegre. Antonio miraba a su nieto con unos ojos concentrados y azulados como los siete mares. Vivía los días intensamente, sin desperdiciar ni un solo segundo. Iba tapado con una bufanda y una boina que dejaban invisible su pelo blanco como la nieve de invierno ya que siempre tenía frío, aquel día había elegido unos zapatos negros y discretos como él.

 

Marcus se apresuró a abrir la puerta, cuando un intenso rayo de sol entró por la claraboya del rellano e iluminó el rostro de su abuelo, arrugado a lo largo de los años, una boquita pequeña y firme sonreía con su dentadura amarillenta y desigual, ya que durante muchos años fumó. Encima se posaba una naricita aguileña de familia  y roja por el frío intenso de esa época.

 

El abuelo de Marcus era una persona de lo más divertida e infantil y Marcus siempre tenía el juego de parchís preparado para cuando él venía. A Marcus le encantaba que su abuelo viniera cuando su madre no podía cuidar de él los fines de semana, porque siempre tenían algo interesante que hacer o algo interesante de lo que hablar. Su abuelo era muy listo y por eso siempre que iban al parque le contaba  hechos interesantes de los pequeños animales o insectos que merodeaban por allí.

Marcus, le invitó a pasar, las  manos de Antonio, delicadas y gélidas por la brisa fuerte del viento, le abrazaron sutil y cariñosamente. Marcus le devolvió la caricia con  gran alegría y se abalanzó sobre él. Estaba ansioso por verle otra vez después de una semana.

 

Antonio y Marcus llegaron al amplio salón. La gran cristalera que daba al jardín permitía que la luz entrara a raudales en la luminosa sala. Una de las paredes, pintada de malva, reflejaba la luz y daba al salón un aire muy moderno. El enorme sofá rojo que ocupaba el centro, encarado a una generosa televisión, descansaba sobre una peluda alfombra redonda de color blanquecino. Justo enfrente, una diminuta mesa rectangular de aspecto macizo, y unos pufs. Tras el sofá, se alzaba una barra americana de mármol blanco que separaba el salón de la cocina. A diferencia del salón, no era especialmente grande pero tenía de todo: horno, lavaplatos, y una espectacular nevera color esmeralda que, en aparente contradicción con su tamaño, acostumbraba a estar vacía. Junto a ella, unos botelleros. En una de las esquinas, enfrente del fregadero, había una frágil mesa de cristal que solo podía albergar a dos comensales. Sobre ella, un achatado jarrón que lucía unas hermosas flores… artificiales.  El suelo de todo el salón, parqué oscuro, estaba limpio como una patena ya que la madre de Marcus era muy estricta en ese sentido y siempre quería tener la casa impecable. Las ventanas relucían envolviendo todo el espacio, diáfano y aséptico.

 

 

Marcus se dirigió directamente a la nevera mientras decía:

—¿Quieres algo de beber? Quedan zumos, agua fresca y… —Marcus se asomó al interior del refrigerador hasta, literalmente, zambullir la cabeza dentro— …leche.

—No pasa nada, Marcus; tranquilo. Ya he desayunado. Ya sabes que a quien madruga… —contestó Antonio mientras se dejaba caer en el sofá y miraba la mesita que le quedaba enfrente. Una pila de revistas de decoración estaban ordenadamente agrupadas en el centro, justo al lado del mando de la televisión y del home cinema. Extendió la mano y agarró una de las revistas. “El diseño es un arte”, rezaba el titular, justo encima de una fotografía que mostraba un dormitorio colonial.

—¿No te importará que me tome yo un zumo, verdad? –dijo Marcus mientras abría uno de los armarios, cogía un vaso y se lo llenaba de zumo de piña.

—No, claro que no –dijo Antonio mientras dejaba, de nuevo, la revista sobre la mesa y miraba el resto del salón. En las paredes colgaban unos cuadros bastante extraños; parecían un amasijo de colores amontonados o, incluso, arrojados sobre el lienzo. Sabía que a eso se le llamaba arte abstracto aunque a él nunca le había gustado. Horrorizado por la fealdad del lienzo desvió la mirada hacia abajo hasta topar con una pequeña mesita auxiliar. Sobre ella, una diminuta escultura de un color verdusco. La cosa no mejoraba demasiado.

—Pero bueno, Marcus, ¿qué es eso? —dijo señalando la horrenda escultura.

—¡Ah!, eso lo trajo mi madre de una subasta hace unos meses—dijo mientras dejaba el vaso de zumo, ya vacío, en el fregadero—. Dice que es… ¿cómo era?... ¿Jade? Es fea, ¿verdad?

Antonio no pudo aguantarse la risa. Sí, era fea.

 

— Bueno abuelo, ¿qué quieres hacer? –dijo Marcus mientras se dejaba caer al lado de Antonio, en el sofá— ¿Algún juego de mesa? ¿Jugamos a los enigmas?

— A ver, déjame pensar… —dijo Antonio mientras se pasaba la mano derecha por el arrugado mentón.

Marcus guardó silencio, como dándole vueltas a una cosa. Antonio, que lo conocía bien, hizo ver que seguía pensando en juegos y actividades pero, realmente, le daba tiempo a su nieto para que se decidiera a decirle lo que le rondaba por la cabeza. Finalmente Marcus se lanzó:

— Abuelo, ¿puedo confiarte un secreto?

— Claro, Marcus. La duda ofende —dijo Antonio mientras le guiñaba un ojo.

— He encontrado las llaves del desván —Marcus lo dijo como pidiendo perdón y permiso al mismo tiempo.

Los ojos azules de Antonio se entrecerraron. Sabía que la madre de Marcus decía que no valía la pena ir allí arriba, que todo eran trastos viejos… pero Antonio sabía que era allí donde Sara guardaba las cosas de Arthur, su hijo.

— Tu madre no quiere que se entre ahí, ya lo sabes.

— Sería solo echar un vistazo.

Se hizo el silencio. Marcus aguardaba y Antonio quería decir que no pero el hecho de volver a ver las cosas de su hijo…

— Está bien. Será nuestro secreto —dijo finalmente Antonio mientras se levantaba del sofá. Marcus pegó un brinco para seguirle.

—Muy bien, a ver qué encontramos allí arriba —dijo Marcus mientras sacaba la llave de detrás de un cuadro que representaba a una bailarina en medio de un escenario.

 

Al abrir la puerta de la estancia secreta, no pudieron ver con claridad el lugar debido a la densa capa de polvo que inundaba la olvidada habitación, pero la tentación de ver lo que había dentro era tal que decidieron entrar.

La primera impresión de Marcus fue de sorpresa al ver que la habitación ofrecía un aspecto intimidante a lo que contribuía el débil haz de luz de una vieja bombilla. Su tintineo hacía bailar a las sombras.

Marcus miró a su abuelo pero Antonio no le prestaba mucha atención pues su mirada estaba fija en el álbum de fotos de su querido hijo y sus pensamientos estaban ocupados recordando aquellos viejos tiempos. Antonio, rápidamente, se acercó al libro mientras unas finas lágrimas le caían por la mejilla. Marcus creió conveniente no intervenir y se decantó por la idea de acercarse a investigar un viejo armario pegado a la amarillenta y rugosa pared, ya que era uno de los pocos objetos que atraían su atención dentro de la habitación.

El techo, cubierto por un amplio ventanal mugriento por el paso de los años, apenas iluminaba la caótica habitación. Unas altas y envejecidas paredes, sorprendentemente sosas, le envolvían.

El chico caminaba procurando no romper el inestable suelo granulado. La humedad de la sala, que dejaba sus manos ásperas, había estropeado los muebles y ahora estaban desgastados.

Mientras Marcus se acercaba al armario se fijó en lo vacía que estaba la habitación, con tan solo un escritorio donde se hallaba la máquina de escribir de su padre, ya que anteriormente había sido periodista, y unas cajas en las que seguramente la madre de Marcus había guardado las pertenencias del fallecido. Al abrir el viejo armario se encontró con una gran cantidad de cartas de Arthur destinadas a su madre escritas durante los largos y constantes viajes de éste.

Marcus se fijó en que bajo un pilón de cartas había algo escondido. Con las iniciales AE inscritas en él halló un baúl....

— ¡Abuelo! —espetó Marcus mientras miraba el símbolo que lucía la parte delantera del arcón— Æ… así firmaba siempre mi padre, —añadió mientras extendía las manos para acariciar las letras— lo sé porque he visto cartas suyas cuando mi madre no estaba en casa.

Antonio, que había dejado el álbum y se encaminaba hacia Marcus, no dijo nada. Realmente no sabía qué podía decir así que se limitó a guardar silencio mientras se secaba el surco de las lágrimas en su rostro.

Marcus se arrodilló frente al arcón. Otra persona se habría precipitado; habría abierto, sin contemplaciones, el baúl deseoso de averiguar qué ocultaba… pero no Marcus, no cuando se trataba de su padre.

Lentamente, apoyó las manos sobre la cubierta del arcón y se quedó quieto. Antonio, consciente de lo difícil que debía ser enfrentarse a una situación como aquella, posó su mano sobre el hombro de Marcus.

— Adelante. —fue lo único que dijo… y fue suficiente. Marcus abrió el baúl.

En su interior descansaba, cubierto por una gruesa capa de polvo, un libro. Su aspecto era viejo; sus tapas, de cuero antiguo. Apenas podía descifrarse el título bajo aquella sábana polvorienta.

Marcus, prisionero de una mezcla entre angustia y nerviosismo, extendió su mano y retiró el polvo de la cubierta. Ahora sí, el título se hizo visible. Unas decoradas letras grabadas en el cuero se mostraban: El libro del tiempo

—El libro del tiempo…—leyeron, al unísono.

Marcus, movido por la curiosidad, agarró el pesado libro y le dio la vuelta. Mientras lo sostenía entre sus manos, no pudo evitar fijarse en la marca que el volumen había dejado en el fondo del baúl: un rectángulo perfecto de considerable tamaño quedaba perfectamente enmarcado por el espeso polvo acumulado en los márgenes.

Un silencio desasosegante dominaba el ambiente hasta que Marcus lo rompió para leer, susurrando, las palabras que figuraban en la contraportada del libro: “La torre de los espejos es el sendero de vuelta a casa”.

—¿Qué demonios hace esto aquí? —se preguntó Marcus, en voz alta, sin esperar respuesta—. ¿Por qué lo guardará mi madre en este baúl?

Antonio, mientras tanto, observó que entre sus páginas asomaba un pedazo de papel, quizá una página mal doblada, o una marca de lectura.

—¿A ver? ¿Qué es eso? —dijo casi sin poder evitar que su voz se entrecortara por las emociones que sentía—. Ábrelo, vamos.

Marcus giró el libro de nuevo y, con cuidado, lo abrió. En su interior, se encontraba un viejo recorte de periódico. Pasaron unos segundos en los que el silencio volvió a apoderarse de la escena. Antonio no puedo contener su impaciencia:

—¿Qué te pasa Marcus? Tienes mala cara… ¿Te encuentras bien? —inquirió, nervioso.

—Es una noticia antigua —la voz de Marcus, normalmente jovial y despreocupada, había adquirido un tono sombrío. Antes de continuar, alzó la vista y sus miradas se cruzaron—. Trata sobre mi padre…

— ¿Qué? —fue lo único que acertó a decir Antonio al tiempo que extendía la mano para coger el recorte de periódico— Arthur nunca salió en los periódicos; me lo habría dicho.

— No creo…

 

 

Marcus estaba visiblemente afectado por la noticia que acababa de leer.

Antonio, a su lado, mantenía los ojos algo entrecerrados debido al esfuerzo que debía hacer para leer. Las profusas arrugas de su frente, cada vez más marcadas, detonaban una preocupación creciente. No tuvo que terminar de leer el artículo para saber cómo terminaba pues lo conocía bien. Había pasado ya mucho tiempo pero jamás había olvidado el misterio que había rodeado la desaparición de Arthur.

Antonio posó su mano derecha sobre el hombro de Marcus. Éste estaba ensimismado, absorto en unos pensamientos que siempre le conducían a la figura de su padre. ¡Era tan pequeño cuando desapareció! En realidad apenas recordaba nada. “Destellos, algunas imágenes borrosas”, le había dicho alguna vez a su abuelo cuando hablaban de Arthur.

Marcus dejó caer el recorte de periódico que parecía señalar un pasaje importante de El libro del tiempo. Quizá era el lugar en el que se había quedado su padre… Pero no, de ese modo no se explicaría que estuviera entre sus páginas la noticia de su desaparición. Tenía que haber sido su madre. ¿Había leído ella El libro del tiempo? Marcus quería salir de dudas y desvelar todo aquel misterio, así que empezó a leer:

—“El cielo amenazaba tormenta. Unos oscuros nubarrones se cernían sobre el castillo y la ciudad que se extendía su abrigo, mientras decenas de guardias, ataviados con sus aparatosas armaduras, recorrían las solitarias calles asegurándose de que todo estaba en orden. El gélido viento hacía ondear los estandartes reales”.

A Antonio, que escuchaba atentamente, le pareció sentir el frío como si fuera real. De repente, la sábana que cubría un mueble del desván se agitó y cayó al suelo, impulsada por una ráfaga de viento. Antonio, sobresaltado, miró hacia la ventana pero ésta estaba cerrada. Marcus no se había dado cuenta de nada y seguía leyendo:

—“Sobre un viejo roble, que presidía la entrada al castillo, descansaban dos cuervos negros como la noche. Repentinamente, un rayo partió el cielo y, tras él, el trueno retumbó provocando que los cuervos alzaran el vuelo.”

Alertado por un movimiento que percibió por el rabillo del ojo, Antonio se agachó justo a tiempo de evitar que un ave chocara contra el. Sorprendido, siguió con la mirada al misterioso pájaro antes de que este se posara sobre el escritorio: era un cuervo.

—Marcus… Marcus… —murmuró Antonio, pero Marcus seguía absorto en la lectura:

—“Tras los gruesos muros de piedra del castillo, la música empezó a resonar anunciando que el certamen estaba a punto de empezar. Los guardias cerraron las puertas del muro y cruzaron la plaza real en dirección a la sala de ceremonias. Y entonces, empezó a llover.”

Justo sobre la última palabra que había leído, cayó una gota. Pronto, otras la siguieron. 

Marcus, extrañado, alzó la vista y donde antes había techo, ahora un cielo tenebroso amenazaba tormenta. Notó que la sangre le recorría todo el cuerpo hasta desaparecer misteriosamente en un lugar indeterminado de sus piernas. Sus rodillas temblaban. Todo él lo hacía. Buscó a su abuelo, pero su cara, entre el espanto y el miedo, no le ayudaba a tranquilizarse. Arrastrado por un impulso absurdo, fruto del desconcierto, Marcus quiso seguir leyendo pero el libro que momentos antes sostenía parecía haberse desvanecido junto con el resto del desván. Se encontraban en el centro de una plaza, ante las enormes puertas del castillo. Era tal y como él lo había imaginado mientras leía el pasaje de El libro del tiempo.

—¿Qué diantres hacéis aquí? —retumbó la grave y amenazadora voz de un guardia mientras su mano, enfundada en un guantelete de hierro, agarraba fuertemente el hombro de Marcus.

A veces, en las situaciones más difíciles, cuando parece que todo está perdido, encontramos una solución inesperada (o desesperada). Por algún extraño motivo, más consternado aún por lo sucedido en el desván que atemorizado por aquel saco de hojalata parlante, Marcus creyó que había tenido una buena idea. Sobre el hercúleo hombro de su captor pudo leer (pese a la endemoniada tipografía gótica) que en un cartel se anunciaba una justa literaria. Aquella podía ser su salvación. El guarda, que antes parecía el autómata de un parque temático medieval que un ser humano, se limitó a repetir, aumentando la fuerza con la que aferraba el hombro de Marcus:

—¿Qué diantres hacéis aquí?

Marcus sabía que estaban obligados a responder pero esperaba que a su astuto abuelo se le ocurriera algo.

Al ver que Antonio no reaccionaba, rápidamente y con el lenguaje más apropiado que pudo reunir en tan poco tiempo, espetó:

— Acabamos de completar un viaje para venir a la justa literaria —Marcus tuvo suerte al ver antes aquel cartel que anunciaba esta celebración.

— Esta ya ha empezado, ¿cuál es el motivo de su tardanza? —El guardia había empezado ha sospechar.

— Lo sentimos señor, pero este ha sido un largo trayecto que ha durado como mínimo dos meses ya que venimos de Portugal— Respondió Marcus, esta vez más seguro de sí mismo.

Antonio al acabar de oír esta última frase se sobresaltó y empalideció completamente. Ahora sí que habían dejado desconcertado al guardia.

— ¿Por qué habláis de una manera tan extraña? —preguntó el desconocido.

Marcus, que aún no se había percatado de su error, dijo:

— Caballero, no le comprendo —Miraba al cielo pensativo recordando que podría haber extrañado al guardia.

— ¿A qué se refieren por “dos meses”?— Insistía el vigilante.

Marcus enrojeció al ver su despiste e intentó solucionarlo.

— Perdónenos, en Portugal su significado es dos lunas —Le contestó recordando lo que le había explicado su profesor de lengua.

El inocente guardia había empezado a creer en sus palabras aunque aún sospechaba de algunas cosas...

— ¿Qué juglares sois?

— Somos los juglares de la corte del Marqués de Villanueva —Dijo Antonio con confianza. Esto fue un gran acto reflejo por su parte al observar que Marcus no hubiese sabido contestar con sus escasos conocimientos de historia— Un prestigioso Marqués de Portugal.

— ¿Y por qué os hacen portar unas ropas tan extravagantes?— Preguntó el guardia con curiosidad.

Esta vez Antonio continuó con el interrogatorio:

— Verá, nuestro Marqués tiene un gusto un tanto peculiar y este es el nuevo atuendo de los juglares.

El guardia, ya convencido, les iba a dejar pasar cuando de repente sus ojos se desviaron al ver un objeto que llevaba Antonio en la muñeca. Extrañado preguntó:

— Antes de dejaros marchar, para qué sirve lo que lleváis en vuestro antebrazo?— Lo dijo en un tono un poco burlón, indicándoles que no se le pasaba ni una.

— ¿Esto?— Dijo Antonio señalándose el reloj.

El guardia asintió, nieto y abuelo se quedaron en blanco. Pero Marcus en pocos segundos, al tener una desarrollada imaginación, pudo contestar:

— Ese objeto es un amuleto sagrado. Nos fue otorgado al salvarle la vida a nuestro Marqués de Villanueva. Dicen que perteneció a un Santo parecido a Judas que traicionó a Dios, Paúl. Este tiene una triste historia. Cuentan que era un pobre y desafortunado pastor que vivía alejado en una solitaria montaña. Un día su tristeza cesó al enamorarse de una hermosa mujer con la que finalmente se acabo casando. Pero la belleza de su esposa era tal, que el señor del infierno se enamoró de ella y mandó a sus ayudantes la muerte de la doncella para poder estar con ella eternamente. Paúl acudió a Dios en su ayuda y este le respondió regalándole un amuleto —Antonio se señaló el reloj— Le dijo que cuando él le acompañara se moverían las agujas y le traería buena fortuna. Pero si le traicionaba o dudaba del poder de Dios se quedaría para siempre en el infierno. Paúl viajó al inframundo en busca de su mujer pero Satanás le contaminó con su maldad impidiéndole salvar a su esposa y encerrándole para siempre en aquel horrible lugar. Su cuerpo y alma jamás pudieron volver pero el amuleto fue encontrado por el padre del abuelo de nuestro Marqués en las ruinas de una casa abandonada y pasó de generación en generación hasta llegar a nuestras manos. Esperemos que hoy nos de buena suerte —Marcus consiguió dibujar una sonrisa falsa en su rostro intentando esconder el miedo que sentía interiormente. Esperaba haber convencido al guardia.

El vigilante no había apartado los ojos del reloj durante toda la narración. Marcus y Antonio esperaban impacientes con ganas de saber que haría el guardia mientras un incomodo silencio les envolvía. Finalmente el guardia reaccionó y una sonrisa invadió su rostro. 

Antonio y Marcus, tras pasar el escollo que había representado el guardia, se encaminaron hacia las puertas del castillo.

— Abuelo, ¿estamos seguros de lo que estamos haciendo? —preguntó Marcus mientras echaba un vistazo por encima de su hombro hacia el guardia que no dejaba de mirarles.

— ¡Marcus! No te gires. Tranquilo. En cuanto podamos nos escabullimos y ya está —iba diciendo Antonio mientras aceleraba algo el paso. Se adentraron en el pasillo que les había indicado el guardia y, finalmente, se encontraron ante unas puertas—. Piensa que vamos a entrar en un castillo; es muy grande. Las posibilidades de que lleguemos directamente al lugar donde debe celebrarse esa justa son muy remotas. Encontraremos la forma de escaparnos antes de que nos vean; ya verás— Antonio le guiñó el ojo a Marcus. Las arrugas, producto de la edad, que enmarcaban su expresión se acentuaron un poco más y le dieron a Antonio un aire afable y confiado.

Abrió la puerta.

Tras ella se extendía un enorme salón, repleto de vistosas telas, imponentes muebles y alumbrado por centenares de velas. Nobles de alta alcurnia, ataviados con sus mejores ropajes, paseaban degustando los manjares que los sirvientes, presurosos, servían sin descanso. La música resonaba en la gran estancia y magníficas mesas de aspecto robusto estaban ya preparadas para ofrecer el gran banquete. En las paredes pendían laboriosas telas de color escarlata que, bordadas en dorado, lucían el símbolo del rey George III: un águila posada sobre un libro abierto.

Unos cuantos invitados se giraron para observar a los recién llegados que se hallaban, plantados, en el umbral de la puerta.

— ¿Decías algo, abuelo? —murmuró Marcus, presa del nerviosismo— ¿Qué hacemos ahora?

Antonio no dijo nada. Solo observó cómo un sirviente de alto rango, según se podía deducir por la calidad de su vestimenta, se les acercó.

—Señores, hagan el favor de tomar asiento junto a los demás.

Mientras les daba esta instrucción señaló con la mano una de las esquinas del gran salón. Allí se encontraban los invitados con indumentarias más extravagantes y se respiraba cierta inquietud. Quisieron darle las gracias, pero su improvisado guía ya se dirigía amablemente a otro lugar del salón, sonriente, pendiente del más mínimo detalle.  

Marcus y Antonio, aún estupefactos, se encaminaron hacia la esquina.

— Bueno, —Antonio parecía pensativo— ya no podemos irnos. No te preocupes; sea lo que sea lo que tengamos que hacer, no te preocupes. No ganamos y ya está. ¿Vale?

Al llegar, tomaron asiento al lado de un joven que lucía una llamativa camisa roja y verde, un chaleco dorado y blanco y unos pantalones extraños, de gran amplitud en la cintura y estrechos al final, remetidos en unos botines azules plagados de piedrecitas brillantes. En su rostro, algo contraído por los nervios, imperaba un alargado y estrecho bigote que terminaba, en cada uno de sus extremos, en punta. Sus manos jugaban, como con un tic nervioso, con una pequeña pelota naranja de malabarista.

Cuando estaban a punto de decirle algo, alguien pidió silencio en la sala impactando con una cucharilla en una copa de cristal. Poco a poco, todo el mundo guardó silencio mientras un hombre ubicado en la mesa real, engalanado con vistosos ropajes, se levantaba y observaba a los presentes. No se sentaba en el centro de la mesa, por lo que Antonio pensó que no podía tratarse de ningún rey, príncipe o nada por el estilo; pero estaba cerca.

—Estimados invitados, sean bienvenidos a este certamen literario que nos reúne a todos aquí.

Apenas hubo terminado la frase que los aplausos de los nobles, sirvientes y juglares inundaron la sala.

—Como bien sabéis todos —prosiguió— cada año su majestad escoge, justo antes de iniciarse la competición, el tema con el que deberán competir nuestros juglares. —y, al tiempo que hablaba, señaló hacia una de las esquinas de la sala… justamente hacia donde se encontraban Marcus, Antonio y el resto de sus compañeros. Algunos de ellos, luciendo llamativas prendas de vestir, se alzaron y, esbozando una enorme sonrisa, se inclinaron hacia los invitados a modo de saludo respondiendo a los aplausos (y obviando los abucheos) que les estaban dedicando. Marcus y Antonio, presos de una especie de pánico, apenas se movieron de sus asientos.

—Bien, pues ha llegado el momento. —Poco a poco los aplausos remitieron y los juglares que se habían levantado tomaron de nuevo asiento borrando la sonrisa y mostrando, de nuevo, una expresión de concentración y ansiedad a la espera de saber el tema que iba a decidir su suerte. —Últimamente el rey se siente algo aburrido, falto de inquietudes y desea que esta justa literaria le haga emocionarse, le haga sentir… Estuvo dudando entre requerir un poema lírico o una fábula…

Al lado de Marcus, el juglar de las botas azules se removía inquieto en el asiento.

—Fábulas, por favor, que haya escogido las fábulas...— murmuraba mientras sus manos apretaban, en un gesto reflejo, la pelota de malabares que sostenía.

—...y tras mucho razonar —prosiguió el hombre que había tomado la palabra desde la mesa real— se ha decantado por los poemas líricos. Así pues, en esta decimotercera justa literaria en honor a nuestro rey, George III, nuestros juglares competirán creando los más bellos poemas que sus mentes sean capaces de imaginar.

Los invitados aplaudían, sonreían y empezaban a tomar asiento; en la esquina de los juglares, en cambio, imperaba el más absoluto silencio. La justa estaba apunto de empezar.

Marcus tiró de la manga de Antonio para que le prestara atención. Cuando este se giró vio el pánico en los ojos de su nieto y entendió el motivo: Marcus era muy inteligente, pero nunca leía poesía. Es más: en algún momento del curso habían trabajado los poemas y el de Marcus había sido un completo desastre.

—¡Abuelo! Yo no puedo hacer esto —espetó Marcus en un murmullo casi gritado.

—Tranquilo, nos presentaremos juntos, como un equipo.

《¿Cómo era eso de los poemas? ABBA, ABAB 》 Los pensamientos de Marcus intentaban rescatar lo que había aprendido de los poemas cuando el elegante hombre de la mesa real volvió a tomar la palabra.

—El ganador de esta justa tendrá el honor de ver su nombre bordado en el blasón literario junto a los vencedores de años anteriores... —mientras hablaba alzó el rostro y señaló un hermoso pedazo de tela granate bordado con hilo dorado.

Un puñado de nombres ocupaban la zona central superior pero quedaba espacio para los vencedores de cinco o seis ediciones más. Fue entonces cuando a Marcus se le heló la sangre y de su mente huyeron versos, rimas y estrofas. Uno de esos nombres se quedó grabado en su retina: Arthur Edgard Flynn. Su padre. El maestro de ceremonias seguía, de fondo.

—...recibirá una recompensa afín a su talento. Sin más dilación y en honor a nuestra majestad el rey —dijo mientras se inclinaba ante un gran hombre, entrado en carnes, que se hallaba sentado en el centro de la gran mesa real—, ¡que empiece la justa!

Los aplausos y los vítores duraron unos segundos; luego se instauró de nuevo el silencio.

El mayordomo que les había atendido al entrar llegó hasta la esquina en la que se encontraban los juglares y se plantó como si hubiera echado raíces en el suelo.

— ¡El juglar Antoine Edes Fidberch!

El hombre que se hallaba a la derecha del juglar de las botas azules se alzó, recorrió los pocos pasos que le separaban de la zona que habían despejado para las recitaciones, inspiró y empezó a recitar:

 

“Vuela esta canción para ti Lucía

la más bella historia de amor

que tuve y tendré.

 

Es una carta de amor

que se lleva el viento pintado en mi voz

a ninguna parte a ningún buzón.

 

No hay nada más bello que lo que nunca he tenido

nada más amado que lo que perdí

perdóname si hoy busco en la arena

esa luna llena que arañaba el mar.

 

Si alguna vez fui un ave de paso

lo olvidé para anidar allá en tus brazos

Si alguna vez fui bello y fui bueno

fue enredado en tu cuello y en tus senos.

 

Si alguna vez fui sabio en amores

lo aprendí de tus labios cantores

si alguna vez amé, si alguna día después

de amar amé, fue por tu amor, Lucía, Lucía...

 

Tus recuerdos son cada día más dulces

el olvido solo se llevó la mitad

y tu sombra aún se acuesta en mi cama

con la oscuridad entre mi almohada y mi soledad.

 

No hay nada más bello que lo que nunca he tenido

nada más amado que lo que perdí

perdóname si hoy busco en la arena

esa luna llena que arañaba el mar.

 

Si alguna vez amé, si algún día después

de amar amé, fue por tu amor, Lucía, Lucía...”

 

La última palabra pronunciada por el juglar se fundió con el silencio sin que nadie reaccionara; un silencio que pareció hacerse eterno a la espera de saber si su poema había o no gustado al rey. Marcus, al lado de Antonio, estaba boquiabierto observando, con los ojos como platos, al hombre que había recitado. Había sido increíble.

De repente, no sin esfuerzo, el rey empezó a levantarse de su asiento ayudándose de los reposabrazos para sostenerse debido a su sobrepeso. Luego miró al juglar y, lentamente, empezó a aplaudir. Pocos segundos después todos los presentes en la sala se unieron. Una expresión de alivio se dibujó en el rostro del juglar y a Marcus le pareció ver, casi de forma palpable, como la tensión de su cuerpo se desvanecía.

—Maese Edes —en cuanto el rey empezó a hablar se hizo, de nuevo, el silencio—, quisiera conocer a su Lucía si es capaz de arrebatar a un alma tanta belleza.

El juglar se inclinó, haciendo una reverencia.

—Que preparen un saco de oro para este hombre —anunció el rey sin dirigirse a nadie en particular— que le ayude a vivir con la pena que lleva dentro.

—Gracias, majestad —dijo el juglar mientras volvía a tomar asiento. El rey, a su vez, hizo lo mismo justo cuando el mayordomo anunciaba al siguiente participante, el juglar que se sentaba al lado de Marcus: Philip Gibson Niven.

De nuevo, y tal y como había hecho anteriormente maese Edes, Philip se dirigió hacia la zona libre y se detuvo. Estaba muy nervioso; se notaba en el temblor de sus manos y en las gotas de sudor que resbalaban por su frente. Su voz quebrada solo hizo que confirmarlo:

 

“Te quiero más que a mi vida,

sin ti no puedo vivir,

ven aquí conmigo porque

sin ti no puedo vivir.

 

Te quiero más que a mi vida,

mi amor por ti es sincero,

ven no me digas no

porque tú eres lo más importante para mí.

 

Te quiero porque eres preciosa,

tu sonrisa es la mejor,

adoro tus labios de rosa,

tú eres la mejor para mí.”

 

Cuando hubo terminado, el rey hizo un breve gesto hacia los guardias y, momentos después, dos hombres ataviados con armadura irrumpieron en el escenario y agarraron al juglar mientras éste pedía perdón entre sollozos. Se lo llevaron a rastras y se perdieron en la oscuridad de uno de los pasillos laterales del gran salón. Marcus estaba estupefacto… Antonio miró hacia la silla que había ocupado el juglar. Sobre esta descansaba una pelota de malabares y ellos eran los siguientes.

El mayordomo reaccionó rápidamente y, mientras se llevaban a maese Gibson, tomó la palabra para anunciar a… miró a Marcus y Antonio inquisitivamente al darse cuenta de que no sabía ni tenía anotados los nombres de aquellos participantes. Antonio, todo lo rápido que pudo, se levantó, se acercó al mayordomo y le susurró sus nombres al oído. Por un momento había pensado presentarse él mismo pero eso no le habría gustado al mayordomo.

— Es, pues, el turno de maese Edgard y maese Edgard… tercero.

Marcus, presa de un ataque de nervios, se agarró al brazo de Antonio y este tuvo casi que sacarlo arrastras al escenario. Todo el mundo los miraba mientras el silencio de la sala le otorgaba al momento un poco más de tensión. Antonio, sabiendo que Marcus jamás se lanzaría a hablar, inspiró profundamente y, deseando que el rey se mostrara magnánimo y complacido, empezó a recitar:


Cuando me necesites estaré junto a ti,

no pienses nunca,

ni un instante

en la traición ni en olvidarme.


No lo exageres, ni lo menciones

eres tan bella como mil flores.

Me robaste un beso, me dejaste plantado

¡Hiciste bien! Porque yo ya te habría olvidado.


Y entonces, Antonio se quedó en blanco. Completamente en blanco. En un instante se había olvidado de rimar, de enlazar palabras, de hilvanar frases. Solo podía observar a toda aquella gente mirándole atentamente, como evaluándole, analizando cada una de las palabras que decía… y ahora, también, cada una de las palabras que callaba. Presa del pánico miró a Marcus. Fue un mensaje de socorro transmitido con la mirada, y fue suficiente. Marcus, sacando fuerzas de flaqueza, arrancó de su garganta una palabra tras otra:


¿Acaso te importaba?

Tú siempre me has ignorado.

Recuerda bien: podría haber sido tu pesadilla

o bien tu maravilla.


Cuando finalmente Marcus terminó con el último verso el silencio volvió a instalarse en la sala. Antonio observaba atento al rey que, sin pestañear, pasaba su mirada atenta de uno al otro. En ese instante fue consciente de todo lo que sucedía a su alrededor: a su lado, el mayordomo esperaba alguna indicación del rey para saber qué debía realizar; los nobles aguardaban a saber si al rey le había gustado o no para reaccionar acorde con la decisión real y Marcus… a Marcus le temblaban las piernas. Antonio solo esperaba que nadie reparara en ese detalle.

Finalmente el rey alzó sus manos y aplaudió. Instantes después el salón entero le acompañaba en el reconocimiento a Marcus y Antonio mientras ellos, aún con el pecho comprimido por los nervios, observaban atónitos. Había salido bien. 

El rey, tal y como había realizado anteriormente con maese Edes, se alzó con ciertas dificultades y clavó su mirada en los estrafalarios juglares que habían recitado.

— Maese Edgard, maese Edgard… ¿de qué me suena ese nombre? —su voz era profunda fruto de una envergadura considerable— En fin, parece ser que hoy tenemos las almas rotas por el desengaño —algunos nobles hicieron el esfuerzo de reír secundando la opinión del rey—. Preparen una bolsa de oro, algo más escueta, tal vez, para estos dos juglares que han compartido con nosotros su desazón.

Marcus escuchaba aliviado pero Antonio no dejaba de lanzar escurridizas miradas al blasón donde se hallaban bordados los nombres de los anteriores vencedores de la justa. No debería hablar, no debería hacer nada que no fuera bajar la cabeza y dar las gracias, tal y como había hecho maese Edes, debería… pero cuando quiso darse cuenta Antonio había tomado la palabra y se dirigía directamente al rey:

— Su majestad… —dijo mientras hacía una leve inclinación. Era burda y torpe; nunca la había hecho y el único modelo que tenía era la reverencia que había hecho uno de los juglares y las de las películas— sois muy generoso pero querríamos pediros un premio distinto —la mirada del rey se enturbió. No estaba acostumbrado a que le pidieran nada—. Soy el padre de Arthur Edgard —dijo señalando el blasón donde se hallaba bordado el nombre del padre de Marcus— y este es su hijo. Nos preguntábamos si su majestad podría decirnos dónde podríamos encontrarlo.

Mientras hablaba, Antonio escuchó unos presurosos pasos que se acercaban a él. Era el mayordomo que anunciaba a los juglares. Unas gotas de sudor, fruto del nerviosismo, resbalaban por su frente.

— ¡Insensato! —espetó cuando estuvo a su lado. Fue un susurro lanzado con mucha fuerza. Mientras tanto agarró su brazo— ¿Qué insolencia es esa? Calla y…

— Detente —fue la voz del rey la que detuvo la escena. Miraba atento a Antonio, con el rostro ligeramente entornado y el ceño fruncido—. ¿El padre de Arthur Edgard?

En ese instante, el maestro de ceremonias que se hallaba al lado del rey se acercó al monarca y le susurró algo al odio. Al instante las cejas del rey se alzaron y su rostro mostró una expresión de comprensión.

— ¡Ah! Ahora recuerdo. ¿Y decís que lo estáis buscando?

— Así es, su majestad. —contestó Antonio sin apartar su mirada.

El rey le hizo un gesto al maestro de ceremonias y este volvió a acercarse. Hablaron pero sus palabras quedaron entre ellos y, finalmente, el rey pronunció:

— Tal vez pueda ayudaros.